martes, 17 de marzo de 2009

La edad de la inocencia


Existen días en los cuales se viven episodios nuevos, se experimentan sensaciones que aunque sabías que alguna vez te tocaría sentir, por una mera cuestión estadística, hubieras preferido no sentirlas nunca, y continuar con una existencia apacible e inocente.

Eran las 16h de un tórrido martes del mes de agosto, cuando salía de tomar unas clases en el instituto ------, ubicado en un archiconocido edificio público de oficinas y despachos gubernamentales de esta ciudad; y me dirigía hacia donde se encontraba aparcado mi auto –o mejor dicho, hacia el lugar donde lo había dejado estacionado, porque al ritmo que va la vida en estas latitudes tropicales, nunca se sabe donde finalmente pueda estar en el momento en que lo buscas, quizás en manos de algún facineroso que ha decidido lucrarse a costa de dejarte a pie y a merced de la compañía de seguros por un buen tiempo.

—Caminando por la avenida M*****, cerca del cuartel general de la Policía , se me acerca uno de éstos y me dice

--“Don, su carro se lo ha llevado…….la grúa”.

--“Qué??” resulta, lógicamente, mi primera exclamación.

--“Así como lo oye…..un operativo….se han llevado todos los carros de esta calle, algunos de nosotros intentamos detenerlos, pero esa gente no cogen corte”.

--“¿Y donde se supone que tengo que ir a buscarlo?”

--“En el Ayuntamiento”

--“¿En el Ayuntamiento? ¿Donde queda eso?”

--“El Ayuntamiento…….es ahí, ahí mismo, en La Feria ”.

El Ayuntamiento. O sea que, el Ayuntamiento ha sido el culpable de que el final de mi tarde burguesa y perfectamente normal se arruinase. Y claro, en ése momento, comienzas a maldecir y a echar pestes de tu suerte, de la vida tuya y la de todos los concejales, regidores y políticos cuyos nombres atines a recordar y relacionar con el cabildo de la Ciudad , del cual no sabes ni la dirección, porque no recuerdas si alguna vez en tu vida has tenido que pasar por allí para hacer alguna cosa. Y si alguna vez pasaste, ha quedado guardado en la oscura noche del tiempo, por allá por los años en que aún eras estudiante universitario o incluso bachiller, y todavía dependías del transporte público citadino para movilizarte, es decir: en tu otra vida, cuando aún no eras “gente”.

Y claro, en tu delirium colericus no alcanzas a recordar que quizás estuviste aparcado indebidamente, que quizás estabas frente a uno de ésos avisos pequeños, nimios, olvidados, insignificantes, que dicen en letras negras y menudas “no estacione”, quizás oculto tras una rama de un árbol, en un ángulo inclinado por el peso que ejercen los años, como suelen estar muchos.

Pero, como bien criado que eres, educado con esmero retrógada en colegios y universidades católicas y conservadoras, de aquéllos que lograron la proeza de tomar la clase de cívica cuando aún la impartían y no dormían de aburrimiento, te abstienes de reflejar en tu conducta visos de lo que puedes estar pasando muy dentro de ti, ahí en tu mente, en tu fuero interno, y aunque irreverentes pensamientos taladren tu cerebro, alcanzas a mascullarle al poli que te mira ahí con cara acongojada por tu desdicha unas “gracias” mal pronunciadas por la información que te acaba de dar, porque sin ella quizás imagines un destino menos esperanzador para tu carro que el estar esperándote en un solar baldío y abandonado con el rótulo de depósito municipal, y una multa de 1,300 pesos girada contra tu bolsillo. Porque, evidentemente que cuando “la grúa” te lo lleva, no deja aviso alguno sobre esta acción. No hay donde dejar dicho aviso, no? A la gente que se las averigüe como pueda! Total! por un puñado de infractores…

Media hora más tarde, estoy en el depósito de autos del ayuntamiento. Un solar ciertamente baldío y a cielo raso, con manchas de grasa y aceite en un suelo erosionado por el continuo descuido de quienes están a cargo de él. Amontonadas en un extremo del solar, lucen unas chatarras de ésas que cuesta más el moverlas que lo que valen actualmente, porque les han extirpado toda parte servible. En otro extremo, se encuentran más o menos alineados en cierto orden, los carros de los “afortunados” infractores que tienen la suerte de que haya sido el ayuntamiento quien se llevase sus carros por estar aparcados indebidamente, y no alguna otra persona con propósitos menos cívicos. Cerca de la entrada, a la izquierda, una caseta con un poli de tráfico, de los que el argot popular denomina “amet”. A la derecha, otra caseta con una empleada del Ayuntamiento en él, llevando nota de los expedientes abiertos y recaudando las infracciones cobradas. El estado en que lucen ambas casetas es apenas correcto, sufrible.

Llego a donde está el carro. “Que lucha me haces coger a veces, león”….lo reviso por si hay rayaduras que evidencien algún maltrato en su transporte. Nada, ni siquiera un rasguño. No hay dudas de que esta gente desarrolla un trabajo impecable, en un tiempo record, saben bien lo que hacen. Me apresto, con los documentos en mano, a pagar la multa sin rechistar, de niño me han enseñado que el que hizo lo incorrecto, y sabe que está mal hecho, no tiene otra cosa que hacer que callar y aprender.

A todo esto, y mientras hablo con el poli aspectos relativos a la identificación del vehículo de mi propiedad, ha llegado a la entrada del solar un personaje conduciendo uno de estos carros que cualquier natural de este país identificaría como pertenecientes a la flotilla de “conchos” que pululan por el ámbito citadino: sin defensas frontales, mostrando el radiador en todo su esplendor, con las luces delanteras superpuestas, la opaca pintura color beige carcomida, los cristales de todas partes “cuarteados”, las rayaduras y raspones esparcidos por toda la geografía de su menuda carrocería, los neumáticos gastados, y el capó más arrugado que una pasa por los golpes recibidos. En síntesis, una ultra conocida estampa típica. El sujeto, que estaba aún dentro del vehículo, intentaba (o al menos así parecía) abrir la puerta de hierro que fungía como entrada al solar utilizando el frente del carro, esto es, sin bajarse del vehículo. El policía, que estaba hablando conmigo en ése momento, me pide para esperar y, dirigiéndose algo contrariado hacia la entrada donde el conductor pugnaba por forzar la entrada con el carro, le dice directamente a éste:

--“Vd…qué está haciendo? Qué quiere? Mueva ése carro de ahí, por ahí no se puede entrar, déle pa’ tras”.

Acto seguido, el individuo que conducía el carro detiene el mismo y lentamente, abriendo la puerta del conductor, se va poniendo de pie al lado del vehículo. Era un hombre de unos 50 a 55 años, blanco en canas ya, con un tamaño bastante alto, quizás 1.85 o 1.87m; una mugrienta gorra en su cabeza, la ropa manchada y sucia, los pantalones desteñidos y con innumerables máculas que delataban su aspecto descuidado, y los zapatos gastados. La figura de este sujeto, su porte, su vestimenta, lo señalaba sin posibilidad de equivocación alguna como una de ésas leyendas urbanas que conocemos con el nombre de choferes de carro de concho, otra de las estampas folclóricas de la ciudad; sólo que éste, sumando un aspecto más allá del descuido, reflejaba un lucir netamente asqueante, deplorable en todos los sentidos.

En el momento en que comenzó a hablar, resultó evidente que el personaje éste estaba más borracho que un pato para la cena de navidad. Los ojos, a ratos turbios, giraban sin rumbo en las órbitas oculares cada vez que hablaba –o intentaba hablar-; su boca, adornada por un paisaje desdentado, mezclaba a la vez frases incoherentes e insultos brutales; sus manos temblorosas, sus ademanes, su comportamiento, todo en su ser indicaba que tenía, cuanto menos, tres días seguidos bebiendo sin parar.

Ante la orden del policía, el individuo respondió, en su hablar pastoso de borracho:
--“Amigo, yo lo que quiero es que me metan preso”-

--“¿Qué?", responde el policía, contemplándolo con una especie de asombro y estupefacción-

--“¡Que me metan preso, coño!”-

--“señor, le repito, mueva el carro de ahí, está obstruyendo la entrada” dice el policía tratando de mantener sus cabales, situación que se antojaba difícil dado el cuadro que se avecinaba.-

--”Es que quiero que me metan preso!...que me metan preso…Es que quiero que me metan preso, es preso que quiero estar!...tú no eres un amé…..méteme preso, coño”-

--“Amigo, mire, quite el carro” dice el poli caminando hacia él lentamente y apuntando con la mano, mientras algunos empleados del cabildo y presentes en el lugar comenzaban, inquietos, a asomar las cabezas a la escena.

- “Tú lo que eres es un hijo e’ la granputa” le dice el hombre; “un maricón”.

Era martes en la tarde, hacía el calor húmedo, sofocante y pegajoso que sólo en los trópicos a las 18h hace, y faltaba apenas una hora para la clausura del lugar. El policía, que había pugnado por mantenerse tranquilo, desenfunda su arma, la carga y apuntando el cañón hacia el individuo le dice:

--“mueve coño ése carro de ahí y respétame, carajo!”

Conmoción. Todos los presentes se encontraban mudos observando la escena. Al lugar había acudido con mi madre, que fue a la primera que encontré disponible para auxiliarme en esta situación del carro. Estaba, evidentemente asustada por el desarrollo de los acontecimientos y murmuraba incesante las frases acostumbradas, mezcladas con trozos de rezos y letanías, que afloran obligadas en las situaciones como éstas, al tiempo que me aconsejaba irme a esconder. Yo me resistía, agitado y al mismo tiempo expectante ante el impreprevisible desenlace de la situación. El individuo, mientras, seguía en sus trece.

--“Oye, le dice al poli mientras éste le tenía en la mira del arma- “yo soy tu amigo, no me recuerdas?” en un tono súbitamente suave y tranquilo. “hijo de la granputa!!” le vocifera de nuevo, de repente.

Una de las empleadas del cabildo, bastante asustada, convence al poli de que baje el arma y lo lleva a una esquina tratando de calmarlo, mientras el hombre continúa en la entrada vociferando sandeces; algunos presentes intentan apaciguarle, pero éste (evidentemente borracho y fuera de sí) no quiere abandonar el área, sino continuar con la tángana que armó.

A veces es complicado mantenerse impávido en situaciones como ésta, pero resulta peor para tí mismo y para los demás mostrar la agitación de la cual eres presa súbitamente. Mi madre tenía aspecto de querer convertirse en algo muy, pero muy pequeño, y camuflarse, desvanecerse en el ambiente. Sin embargo, a pesar de sus ruegos para movernos a un área menos expuesta del lugar, me mantuve expectante de la situación, pero con ése aspecto desinteresado de quien va por la vida tan campante como Johnie Walker venga lo que venga, provisto de mi ironía habitual, aunque dentro de mí pensaba que la cosa se estaba poniendo negra, y que no tenía exactamente un plan “B”, pero ni tampoco un “A”, ni ninguno de hecho, si la cosa pasaba a mayores. Son de estas situaciones que suceden en la vida y en las cuales te ves súbitamente atrapado, absorbido, como en dos dimensiones, sin esperar que aconteciese contigo por mucho que vieras la misma noticia repetida una y otra vez en los diarios matutinos y vespertinos, pero esta vez piensas que ya sucederá, que por primera vez en la vida verías, fuera de las películas, como muere a tiros un hombre, y así perderías tu inocencia de burgués tranquilo y apaciguado, que observa el reflejo de los problemas diarios de la nación en que vive a través del cristal de los edificios en que reside la mayor parte del tiempo.


Pero no sucedió nada. Aún estoy, por tanto, en la edad de la inocencia.


A veces me pregunto, en mi inocencia particular, cómo es posible que un ser humano se levante un día simplemente con ganas de no seguir viviendo más. Sencillamente, harto de estar vivo. Cansado de sentir, de ver, de oír, de estar presente en esta vida. Será esto lo que nos diferencia de los animales? Algunos dirán que sí, que mientras el hombre puede tomar libremente la decisión de poner fin a su existencia terrenal en cualquier momento, el animal se encuentra atado a sus instintos y no posee, por tanto, la facultad de libre albedrío necesaria para discernir las consecuencias de sus actos. Sea como sea, me parece que esa facultad de libre albedrío causa demasiados problemas. A vece sería mejor que fuéramos un poco más previsibles.

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