
Da igual que sea Lunes en la mañana o Domingo en la tarde, enfilar tu auto por las indómitas calles de una ciudad subtropical provista de un ortodoxo trazado urbano y un sistema de señalización más ausente que evidente, es una de las experiencias más irritantes y exasperantes a las que puedas voluntariamente encontrarte sometido. Y si para colmo, los situados tras el volante son, en la mayoría de casos, semi-civilizados representantes de la conocida casta de los desaprensivos sobre ruedas, parientes ideológicos de kamikazes y mujaidines, entonces la experiencia se torna, por demás, bastante peligrosa.
Uno se pregunta: ¿Por qué es tan difícil algo que, con un poco de paciencia y cultura por parte de todos, debería de ser mucho menos complicado?
Alter Ego responde: en primer término, ubícate en tu tiempo, espacio y circunstancias. Sal a la calle de la ciudad donde resides. Que ves?
-Pavimento y más autos.
- ¿Qué tal el pavimento?
-Francamente, mal.
-De hecho, mal estaba hace ya algún tiempo. Actualmente su estado es deplorable.
La capa de asfalto ha cedido, en algunas partes, a la erosión de las continuas lluvias; y en otras, al peso brutal de vehículos de tara elevada, que deambulan por las calles de la ciudad sin ningún régimen especial para su tránsito, quebrando y destrozando la superficie a su mero antojo, sabedores que no tienen que pagar compensación alguna. Ellos pagan sus impuestos, dicen. Como es de suponer, en la mayoría de los casos, no lo hacen, y cuando lo hacen, sencillamente no alcanza para nada, por una conocida ley de impedancia que dicta que cuando lo recaudado tiene que pasar por muchas manos camino a su destino final, lo que llega a este destino es la mitad o menos de lo que existía al principio.
Las cuadrillas de Obras Públicas responden a este deterioro progresivo intentando rellenar los agujeros y deformaciones que se producen con asfalto simple y alquiltrán, aplicados a mano -con rastrillos y palas- y bajo la ley del ojo por ciento. Su esfuerzo queda diluido después de unos cuantos aguaceros, tras los cuales los agujeros y hoyos resurgen con intensidad redoblada, en su titánica tarea de romper suspensiones de autos, y echar a perder neumáticos de forma irremisible.
De vez en cuando los susodichos se auxilian de una apisonadora. En estos casos, el esfuerzo en adecentar las calles de la capital de la República dura un poco más.
Uno se pregunta: ¿Por qué es tan difícil algo que, con un poco de paciencia y cultura por parte de todos, debería de ser mucho menos complicado?
Alter Ego responde: en primer término, ubícate en tu tiempo, espacio y circunstancias. Sal a la calle de la ciudad donde resides. Que ves?
-Pavimento y más autos.
- ¿Qué tal el pavimento?
-Francamente, mal.
-De hecho, mal estaba hace ya algún tiempo. Actualmente su estado es deplorable.
La capa de asfalto ha cedido, en algunas partes, a la erosión de las continuas lluvias; y en otras, al peso brutal de vehículos de tara elevada, que deambulan por las calles de la ciudad sin ningún régimen especial para su tránsito, quebrando y destrozando la superficie a su mero antojo, sabedores que no tienen que pagar compensación alguna. Ellos pagan sus impuestos, dicen. Como es de suponer, en la mayoría de los casos, no lo hacen, y cuando lo hacen, sencillamente no alcanza para nada, por una conocida ley de impedancia que dicta que cuando lo recaudado tiene que pasar por muchas manos camino a su destino final, lo que llega a este destino es la mitad o menos de lo que existía al principio.
Las cuadrillas de Obras Públicas responden a este deterioro progresivo intentando rellenar los agujeros y deformaciones que se producen con asfalto simple y alquiltrán, aplicados a mano -con rastrillos y palas- y bajo la ley del ojo por ciento. Su esfuerzo queda diluido después de unos cuantos aguaceros, tras los cuales los agujeros y hoyos resurgen con intensidad redoblada, en su titánica tarea de romper suspensiones de autos, y echar a perder neumáticos de forma irremisible.
De vez en cuando los susodichos se auxilian de una apisonadora. En estos casos, el esfuerzo en adecentar las calles de la capital de la República dura un poco más.
Ahora bien, en muy contados casos, los funcionarios oficiales a cargo del embellecimiento público ordenan un plan de revitalización de toda una avenida o vía. En esas excepcionales situaciones, acude al lugar de los hechos toda una brigada uniformada, provista de material de apoyo, vehículos especiales, herramientas adecuadas, con ingenieros al mando y a cargo de supervisar la ejecución de la obra, teniendo por costumbre aparecer en el área también algunos periodistas, burócratas gubernamentales y algo de público general. Cuando así suceden las cosas, el resultado –si se llega a terminar- suele perdurar más en el tiempo que cualquier otro intento de mejorar la vía pública. La verdad es que deberían producirse más a menudo, para el bienestar de todos.
Pero no estamos más que en el vértice superior del problema. La inconmensurable cantidad de hoyos, agujeros, desniveles y roturas del pavimento presentes en las calles de la Ciudad sólo hace que tengas que desarrollar una notable habilidad para sortearlos con el mínimo de perjuicio posible para tu auto y tu zona lumbar. Es tedioso, pero puede llegar a ser perfectamente rutinario. Trabajo de memoria y listo, como un autómata. Al acecho existen otros problemas menos triviales: las peligrosísimas zanjas, los infames “policías acostados” y los no menos odiados “badenes”.
Las primeras consisten en unas enormes cavidades abiertas a punta de pico y taladro en las calles y avenidas, para solucionar problemas relacionados con el acueducto, drenajes de aguas negras, y demás. Hasta aquí, todo normal. El único y simple detalle a resaltar es que, no pudiendo ser terminadas en un solo día, puesto que la solución al problema generalmente suele tardar un tiempo, es necesario abandonarles de noche; y como usualmente no hay disponibles rótulos de señalización, los obreros suelen tener la merced de anudar un trapo empapado con kerosene o trementina y situarlo en el interior de una vieja lata que llenan del mismo líquido, improvisando con esto una especie de antorcha que colocan al borde de la zanja, bien en el suelo o sobre un letrero de madera o metal donde a duras penas se lee “PELIGRO”.
Así las cosas, los conductores que circulan por el tránsito nocturno y que logran divisar en la distancia las mencionadas señales luminosas, cuya frágil luz rasga débilmente el pesado manto nocturno a su alrededor, saben que justo detrás de ellas se extiende el abismo, en la forma de una lúgubre cavidad de hasta seis metros de profundidad…. En realidad, mucho deben agradecer el poder al menos vislumbrar el aviso sobre semejante riesgo, y que no se encuentre, por acaso, lloviendo copiosamente, situación en la cual, sin rastro alguno que llame la atención y con el agua cubriendo la totalidad de la fosa, resultaría muy fácil terminar en el fondo de una de ellas.
Un muchacho que había ido al mismo colegio al que asistí cuando niño sufrió un accidente de este tipo cuando transitaba en medio de la noche. El auto, un todo terreno, quedó hecho una ruina. A él le reemplazaron la mandíbula y parte de los huesos del cráneo por prótesis y placas de platino, y pasó por cinco años de terapia para recuperar el habla con normalidad.
Los “policías acostados” son ésas conocidas protuberancias que se yerguen sobre el pavimento con la finalidad de obligar al conductor a disminuir o reducir totalmente la velocidad en un determinado punto, generalmente cerca de una escuela u hospital, o en algunas zonas residenciales. Como norma general, deberían encontrarse pintados con líneas amarillas alternadas para distinguirles, tener una altura máxima determinada y encontrarse situados en puntos donde sean estrictamente necesarios.
Esa es la teoría, claro está.
En la práctica, ni están pintados, ni su altura es estándar, ni prima un criterio lógico para su colocación, encontrándose diseminados mayormente a la libre por toda la geografía vial de la ciudad, excepto en los puntos en que verdaderamente resultarían necesarios. Si a esto unimos el hecho de que casi no se distinguen, por ser del mismo color del pavimento, pues estamos hablando de un verdadero enema. Así que andas tarde para una reunión, sales con los minutos contados, te alegras de encontrar el camino algo despejado, y de repente escuchas un fuerte estrépito mientras sientes que algo mueve con violencia el mecanismo conectado al volante y todo el auto se sacude. Tranquilo, no pasa nada…. sólo te has cepillado media suspensión y roto el depósito de aceite, más un par de aros doblados, más nada. Te has comido un policía acostado.
Los badenes, igual de terribles. En este caso, las hendiduras son tan pronunciadas, que es prácticamente imposible franquearles de frente cuando andas en un turismo, sin que haya fricción entre los bajos del auto y el pavimento. Hay que reconocer, no obstante, que entre éstos y los policías acostados, logran una mayor efectividad conjunta en la persuasión de los conductores desaforados que cualquier agente del cuerpo del orden, pues frente a los dos primeros te ves obligado a reducir la velocidad sin ningún tipo de opción, a menos que desees sufrir un accidente de magnitud desconocida; mientras que con los segundos puedes reservarte la opción íntima de detenerte si te da la gana, y si no, que más da, el 90% de los policías de tránsito no tienen vehículo para transportarse, mucho menos para pretender perseguirte por desobediencia.
El siguiente factor de riesgo en el tránsito citadino, después de la arquitectura vial, lo constituyen las personas. Digo mal, porque lo anterior no constituye exactamente un orden de jerarquía. Siendo sinceros, no se sabe cual de los dos factores es peor y más riesgoso.
Altos, bajos, flacos, gordos, personas de diferente sexo, raza, condición social y nivel cultural conforman el pleno de conductores de la ciudad. Claro que, todos y cada uno de ellos tienen necesidades y exigencias diferentes, que por supuesto, nunca convergen. Así que de pronto puedes encontrarte con que vas algo atrasado camino a un examen médico, y el sujeto que se desplaza en el auto justo delante de ti va sobrado de ganas de pasear por la ciudad, mientras escucha la emisión de su programa favorito en la radio. Esto conlleva la aparición de escenas como la descrita a continuación:
El sujeto A, camisa blanca de fino algodón y puño francés, corbata de seda azul con nudo windsor, pantalones de algodón y lana negros y zapatos lustrados conforme a la ley, se dirige, flotando en una nube de after-shave, a un conocido restaurante de la ciudad, donde asistirá a una supuesta cita de negocios con cierto trasfondo sentimental. Va sobre la hora, y, sintiéndose como está, en falta por ello, pretende suplir con velocidad su desacierto con la gestión del tiempo. Hasta ahora, fruto de su experiencia tras las ruedas –y naturalmente, de una cierta dosis de buena suerte- ha sorteado con éxito y de forma rápida tanto los atascos como las luces de tráfico camino a su destino, y entrando en la zona de la ciudad donde se encuentra el restaurante, sonríe ampliamente al ver despejada la avenida de acceso al lugar, disponiéndose entonces a acelerar a fondo. De pronto, en una de las intersecciones de dicha vía con una calle secundaria aparece un auto que, sin detenerse mucho a mirar quien viene y quien no por la vía principal, entra en ella a velocidad de caravana de cojos. Como es de suponer, el sujeto A ha tenido que frenar su recién iniciada carrera en seco, y pleno de deseo insatisfecho, comienza a tocar el claxon y a dar cambios de luces para indicarle al fastidioso intruso que va con prisa y que le ceda el paso.
El aludido ni se da por enterado. Sigue a velocidad de matar hormigas, aunque comienza a acelerar tímidamente.
El sujeto A se mueve con inquietud en su asiento. Acelera y coloca su auto a dieciocho centímetros del paragolpes trasero del sujeto B, mientras toca de nuevo, más insistentemente, el claxon, subrayándole su imperiosa necesidad de pasar.
Sin embargo, el sujeto B sigue en sus trece. Acelera un poco más, pero sigue por debajo de las expectativas de su nervioso paisano trasero.
A través de sus pupilas dilatadas por la excitación del momento, el sujeto A distingue claramente la parte atrás del sujeto B, el cual parece empotrado, más que sentado, en un desteñido asiento de su automóvil Volkswagen “Santana” modelo 1982, color verde grillo, y luce una espléndida calva en la parte superior de su cabeza. Va, al parecer, charlando animadamente con alguien sentado en el asiento del pasajero delantero, y no parece inmutarse por los ríos de tensión que se sienten correr producto de la situación.
El sujeto A crispa sus manos sobre el volante. Se desespera aún más, e intenta una maniobra de rebase. La avenida tiene dos carriles en una misma dirección, en el carril derecho suelen estar aparcados algunos autos, puesto que es una vía residencial y no existe vado. El sujeto A aprovecha un momento en que no ve autos aparcados, acelera a fondo y mete ¾ del recorrido del volante hacia la derecha de un solo tirón; el ACURA que conduce resuena con un sonido agudo y chillón, se hunde en su parte trasera mientras el morro sale con furia redoblada hacia delante y luego al costado, cortando el aire en su recorrido como un auténtico sable; en un segundo se coloca al nivel del VW, que parece extrañamente haber acelerado, y de pronto ve justo al frente, a pocos metros de él, otro auto aparcado. El ACURA cae inmediatamente en un par de hoyos que exacerban el ánimo de su conductor, pues los hoyos, en situaciones de nerviosismo, tienen el mismo efecto que los golpes; intenta forzar al sujeto B a abrirle paso, pero éste no cede y mantiene su ritmo, y finalmente, preso de furia, se ve obligado a abandonar y volver a su posición anterior detrás del VW, si no quiere colisionar al auto aparcado.
Esto es una contienda, no cabe duda. El sujeto A así lo entiende. El que va delante no sólo se ha negado a cederle el paso, sino que incluso le ha cerrado deliberadamente cuando se encontraba en situación de rebasarle. De nuevo se dispone a adelantarle en una curva próxima, y de nuevo se ve obligado a frenar en seco y maniobrar para evitar colisionar con el camión de aseo urbano que estaba en el carril derecho. Las manos se estrellan con fuerza en el volante, mientras el sujeto A silba sonoramente y maldice lleno de impaciencia. “Pero que cabrón”, masculla, entre dientes. La temperatura sube en el habitáculo. Más adelante se distingue un semáforo, el VW reduce velocidad, y la luz pasa de verde a amarillo y rápidamente después, a rojo. El VW se detiene. El hombre del ACURA se detiene detrás de él, pensando en su próximo asalto. Esta situación no puede persistir. Un hombrecillo diminuto, seguramente un jubilado, con sus lentecillos de topo miope, con su insípida y ridícula acompañante, en un auto que se cae a pedazos de viejo, poniendo a prueba su destreza al volante y sobre todo, la “máquina” en que anda, retrasándole inmerecidamente. Esto requiere de una pronta y terminante rectificación, para despejar dudas.
El semáforo pasa a verde.
El VW comienza a moverse lentamente. El sujeto A coloca el mando secuencial en primera, y acelera a fondo. El ACURA emite un bramido y despega, con un ímpetu tal que fue preciso una maniobra vertiginosa para evitar llevarse de encuentro el VW. Este a su vez sigue acelerando, mientras el ACURA se pone a su nivel, lo cual tarda medio segundo en concretarse. A pocos metros se iniciará, de nuevo, la hilera de autos aparcados en el carril derecho de la calle. El VW continúa acelerando progresivamente, y el sujeto A, estando situado paralelamente a éste y rebosando de incomodidad, hace descender el cristal de su puerta y grita, mirando con furia al conductor del VW y apuntando hacia su auto:
-Quita esa MIERDA de ahí!
El jubilado o lo que sea que fuere, execrado ya en lo personal, no responde y esboza, sin siquiera desviar la mirada, un atisbo de sonrisa medio estúpida, similar a la que los ignorantes suelen mostrar cuando les hacen una pregunta que va más allá de lo mediocremente rutinario, mientras mantiene con cierto temblor el volante entre sus dos manos, tratando de no perder el tipo. El ACURA se ha acercado a escasos centímetros de la carrocería del VW, en su apuesta por intimidarle y “hacerse respetar”, y se acerca aún más mientras presiona para lograr que el contrincante ceda su lugar a él, frenando y quedando atrás. La hilera de autos aparcados está ya a escasos metros, y el sujeto A, que no piensa a su vez ceder, se juega su última carta: baja una marcha en el secuencial, pisa el pedal hasta el fondo y gira el volante contrasentido para evitar el derrape.
El kickdown clava la espalda de nuestro personaje en el asiento del ACURA, y éste resuena como una caja de truenos. En un ángulo de unos cuantos metros entre el VW y el inicio de la hilera de autos aparcados en la calle logra, al fin, colarse por delante de éste justo antes de que se viese forzado a frenar de nuevo, trazando una maniobra digna de películas de espionaje. Así, escapa por milímetros de ser embestido por el VW, y termina por salirse con la suya.
El sujeto A, pletórico, saca por la ventana de su puerta el brazo izquierdo y hace con su mano una señal obscena, murmurando con una sonrisa “que te den por el culo, cagón”, mientras la imagen del VW y su diminuto personajillo comienza a desvanecerse rápidamente en el retrovisor. De pronto, se escucha un estruendo terrible; segundos después, un gran gentío sale a la calle y se congrega en el lugar, para ver al ACURA del sujeto A incrustado en la parte trasera de un camión cargado de plátanos verdes.
Mientras los plátanos caen y se acomodan en su rededor cual mangú, el sujeto A, manteniendo pesadamente la cabeza hundida en la bolsa de aire que acaba de eclosionar, observa de reojo a través de los fragmentos del destrozado espejo lateral como el VW se acerca tranquilamente, pasa a su lado y doblando la esquina del accidente, continúa sin pararse.
Pero no estamos más que en el vértice superior del problema. La inconmensurable cantidad de hoyos, agujeros, desniveles y roturas del pavimento presentes en las calles de la Ciudad sólo hace que tengas que desarrollar una notable habilidad para sortearlos con el mínimo de perjuicio posible para tu auto y tu zona lumbar. Es tedioso, pero puede llegar a ser perfectamente rutinario. Trabajo de memoria y listo, como un autómata. Al acecho existen otros problemas menos triviales: las peligrosísimas zanjas, los infames “policías acostados” y los no menos odiados “badenes”.
Las primeras consisten en unas enormes cavidades abiertas a punta de pico y taladro en las calles y avenidas, para solucionar problemas relacionados con el acueducto, drenajes de aguas negras, y demás. Hasta aquí, todo normal. El único y simple detalle a resaltar es que, no pudiendo ser terminadas en un solo día, puesto que la solución al problema generalmente suele tardar un tiempo, es necesario abandonarles de noche; y como usualmente no hay disponibles rótulos de señalización, los obreros suelen tener la merced de anudar un trapo empapado con kerosene o trementina y situarlo en el interior de una vieja lata que llenan del mismo líquido, improvisando con esto una especie de antorcha que colocan al borde de la zanja, bien en el suelo o sobre un letrero de madera o metal donde a duras penas se lee “PELIGRO”.
Así las cosas, los conductores que circulan por el tránsito nocturno y que logran divisar en la distancia las mencionadas señales luminosas, cuya frágil luz rasga débilmente el pesado manto nocturno a su alrededor, saben que justo detrás de ellas se extiende el abismo, en la forma de una lúgubre cavidad de hasta seis metros de profundidad…. En realidad, mucho deben agradecer el poder al menos vislumbrar el aviso sobre semejante riesgo, y que no se encuentre, por acaso, lloviendo copiosamente, situación en la cual, sin rastro alguno que llame la atención y con el agua cubriendo la totalidad de la fosa, resultaría muy fácil terminar en el fondo de una de ellas.
Un muchacho que había ido al mismo colegio al que asistí cuando niño sufrió un accidente de este tipo cuando transitaba en medio de la noche. El auto, un todo terreno, quedó hecho una ruina. A él le reemplazaron la mandíbula y parte de los huesos del cráneo por prótesis y placas de platino, y pasó por cinco años de terapia para recuperar el habla con normalidad.
Los “policías acostados” son ésas conocidas protuberancias que se yerguen sobre el pavimento con la finalidad de obligar al conductor a disminuir o reducir totalmente la velocidad en un determinado punto, generalmente cerca de una escuela u hospital, o en algunas zonas residenciales. Como norma general, deberían encontrarse pintados con líneas amarillas alternadas para distinguirles, tener una altura máxima determinada y encontrarse situados en puntos donde sean estrictamente necesarios.
Esa es la teoría, claro está.
En la práctica, ni están pintados, ni su altura es estándar, ni prima un criterio lógico para su colocación, encontrándose diseminados mayormente a la libre por toda la geografía vial de la ciudad, excepto en los puntos en que verdaderamente resultarían necesarios. Si a esto unimos el hecho de que casi no se distinguen, por ser del mismo color del pavimento, pues estamos hablando de un verdadero enema. Así que andas tarde para una reunión, sales con los minutos contados, te alegras de encontrar el camino algo despejado, y de repente escuchas un fuerte estrépito mientras sientes que algo mueve con violencia el mecanismo conectado al volante y todo el auto se sacude. Tranquilo, no pasa nada…. sólo te has cepillado media suspensión y roto el depósito de aceite, más un par de aros doblados, más nada. Te has comido un policía acostado.
Los badenes, igual de terribles. En este caso, las hendiduras son tan pronunciadas, que es prácticamente imposible franquearles de frente cuando andas en un turismo, sin que haya fricción entre los bajos del auto y el pavimento. Hay que reconocer, no obstante, que entre éstos y los policías acostados, logran una mayor efectividad conjunta en la persuasión de los conductores desaforados que cualquier agente del cuerpo del orden, pues frente a los dos primeros te ves obligado a reducir la velocidad sin ningún tipo de opción, a menos que desees sufrir un accidente de magnitud desconocida; mientras que con los segundos puedes reservarte la opción íntima de detenerte si te da la gana, y si no, que más da, el 90% de los policías de tránsito no tienen vehículo para transportarse, mucho menos para pretender perseguirte por desobediencia.
El siguiente factor de riesgo en el tránsito citadino, después de la arquitectura vial, lo constituyen las personas. Digo mal, porque lo anterior no constituye exactamente un orden de jerarquía. Siendo sinceros, no se sabe cual de los dos factores es peor y más riesgoso.
Altos, bajos, flacos, gordos, personas de diferente sexo, raza, condición social y nivel cultural conforman el pleno de conductores de la ciudad. Claro que, todos y cada uno de ellos tienen necesidades y exigencias diferentes, que por supuesto, nunca convergen. Así que de pronto puedes encontrarte con que vas algo atrasado camino a un examen médico, y el sujeto que se desplaza en el auto justo delante de ti va sobrado de ganas de pasear por la ciudad, mientras escucha la emisión de su programa favorito en la radio. Esto conlleva la aparición de escenas como la descrita a continuación:
El sujeto A, camisa blanca de fino algodón y puño francés, corbata de seda azul con nudo windsor, pantalones de algodón y lana negros y zapatos lustrados conforme a la ley, se dirige, flotando en una nube de after-shave, a un conocido restaurante de la ciudad, donde asistirá a una supuesta cita de negocios con cierto trasfondo sentimental. Va sobre la hora, y, sintiéndose como está, en falta por ello, pretende suplir con velocidad su desacierto con la gestión del tiempo. Hasta ahora, fruto de su experiencia tras las ruedas –y naturalmente, de una cierta dosis de buena suerte- ha sorteado con éxito y de forma rápida tanto los atascos como las luces de tráfico camino a su destino, y entrando en la zona de la ciudad donde se encuentra el restaurante, sonríe ampliamente al ver despejada la avenida de acceso al lugar, disponiéndose entonces a acelerar a fondo. De pronto, en una de las intersecciones de dicha vía con una calle secundaria aparece un auto que, sin detenerse mucho a mirar quien viene y quien no por la vía principal, entra en ella a velocidad de caravana de cojos. Como es de suponer, el sujeto A ha tenido que frenar su recién iniciada carrera en seco, y pleno de deseo insatisfecho, comienza a tocar el claxon y a dar cambios de luces para indicarle al fastidioso intruso que va con prisa y que le ceda el paso.
El aludido ni se da por enterado. Sigue a velocidad de matar hormigas, aunque comienza a acelerar tímidamente.
El sujeto A se mueve con inquietud en su asiento. Acelera y coloca su auto a dieciocho centímetros del paragolpes trasero del sujeto B, mientras toca de nuevo, más insistentemente, el claxon, subrayándole su imperiosa necesidad de pasar.
Sin embargo, el sujeto B sigue en sus trece. Acelera un poco más, pero sigue por debajo de las expectativas de su nervioso paisano trasero.
A través de sus pupilas dilatadas por la excitación del momento, el sujeto A distingue claramente la parte atrás del sujeto B, el cual parece empotrado, más que sentado, en un desteñido asiento de su automóvil Volkswagen “Santana” modelo 1982, color verde grillo, y luce una espléndida calva en la parte superior de su cabeza. Va, al parecer, charlando animadamente con alguien sentado en el asiento del pasajero delantero, y no parece inmutarse por los ríos de tensión que se sienten correr producto de la situación.
El sujeto A crispa sus manos sobre el volante. Se desespera aún más, e intenta una maniobra de rebase. La avenida tiene dos carriles en una misma dirección, en el carril derecho suelen estar aparcados algunos autos, puesto que es una vía residencial y no existe vado. El sujeto A aprovecha un momento en que no ve autos aparcados, acelera a fondo y mete ¾ del recorrido del volante hacia la derecha de un solo tirón; el ACURA que conduce resuena con un sonido agudo y chillón, se hunde en su parte trasera mientras el morro sale con furia redoblada hacia delante y luego al costado, cortando el aire en su recorrido como un auténtico sable; en un segundo se coloca al nivel del VW, que parece extrañamente haber acelerado, y de pronto ve justo al frente, a pocos metros de él, otro auto aparcado. El ACURA cae inmediatamente en un par de hoyos que exacerban el ánimo de su conductor, pues los hoyos, en situaciones de nerviosismo, tienen el mismo efecto que los golpes; intenta forzar al sujeto B a abrirle paso, pero éste no cede y mantiene su ritmo, y finalmente, preso de furia, se ve obligado a abandonar y volver a su posición anterior detrás del VW, si no quiere colisionar al auto aparcado.
Esto es una contienda, no cabe duda. El sujeto A así lo entiende. El que va delante no sólo se ha negado a cederle el paso, sino que incluso le ha cerrado deliberadamente cuando se encontraba en situación de rebasarle. De nuevo se dispone a adelantarle en una curva próxima, y de nuevo se ve obligado a frenar en seco y maniobrar para evitar colisionar con el camión de aseo urbano que estaba en el carril derecho. Las manos se estrellan con fuerza en el volante, mientras el sujeto A silba sonoramente y maldice lleno de impaciencia. “Pero que cabrón”, masculla, entre dientes. La temperatura sube en el habitáculo. Más adelante se distingue un semáforo, el VW reduce velocidad, y la luz pasa de verde a amarillo y rápidamente después, a rojo. El VW se detiene. El hombre del ACURA se detiene detrás de él, pensando en su próximo asalto. Esta situación no puede persistir. Un hombrecillo diminuto, seguramente un jubilado, con sus lentecillos de topo miope, con su insípida y ridícula acompañante, en un auto que se cae a pedazos de viejo, poniendo a prueba su destreza al volante y sobre todo, la “máquina” en que anda, retrasándole inmerecidamente. Esto requiere de una pronta y terminante rectificación, para despejar dudas.
El semáforo pasa a verde.
El VW comienza a moverse lentamente. El sujeto A coloca el mando secuencial en primera, y acelera a fondo. El ACURA emite un bramido y despega, con un ímpetu tal que fue preciso una maniobra vertiginosa para evitar llevarse de encuentro el VW. Este a su vez sigue acelerando, mientras el ACURA se pone a su nivel, lo cual tarda medio segundo en concretarse. A pocos metros se iniciará, de nuevo, la hilera de autos aparcados en el carril derecho de la calle. El VW continúa acelerando progresivamente, y el sujeto A, estando situado paralelamente a éste y rebosando de incomodidad, hace descender el cristal de su puerta y grita, mirando con furia al conductor del VW y apuntando hacia su auto:
-Quita esa MIERDA de ahí!
El jubilado o lo que sea que fuere, execrado ya en lo personal, no responde y esboza, sin siquiera desviar la mirada, un atisbo de sonrisa medio estúpida, similar a la que los ignorantes suelen mostrar cuando les hacen una pregunta que va más allá de lo mediocremente rutinario, mientras mantiene con cierto temblor el volante entre sus dos manos, tratando de no perder el tipo. El ACURA se ha acercado a escasos centímetros de la carrocería del VW, en su apuesta por intimidarle y “hacerse respetar”, y se acerca aún más mientras presiona para lograr que el contrincante ceda su lugar a él, frenando y quedando atrás. La hilera de autos aparcados está ya a escasos metros, y el sujeto A, que no piensa a su vez ceder, se juega su última carta: baja una marcha en el secuencial, pisa el pedal hasta el fondo y gira el volante contrasentido para evitar el derrape.
El kickdown clava la espalda de nuestro personaje en el asiento del ACURA, y éste resuena como una caja de truenos. En un ángulo de unos cuantos metros entre el VW y el inicio de la hilera de autos aparcados en la calle logra, al fin, colarse por delante de éste justo antes de que se viese forzado a frenar de nuevo, trazando una maniobra digna de películas de espionaje. Así, escapa por milímetros de ser embestido por el VW, y termina por salirse con la suya.
El sujeto A, pletórico, saca por la ventana de su puerta el brazo izquierdo y hace con su mano una señal obscena, murmurando con una sonrisa “que te den por el culo, cagón”, mientras la imagen del VW y su diminuto personajillo comienza a desvanecerse rápidamente en el retrovisor. De pronto, se escucha un estruendo terrible; segundos después, un gran gentío sale a la calle y se congrega en el lugar, para ver al ACURA del sujeto A incrustado en la parte trasera de un camión cargado de plátanos verdes.
Mientras los plátanos caen y se acomodan en su rededor cual mangú, el sujeto A, manteniendo pesadamente la cabeza hundida en la bolsa de aire que acaba de eclosionar, observa de reojo a través de los fragmentos del destrozado espejo lateral como el VW se acerca tranquilamente, pasa a su lado y doblando la esquina del accidente, continúa sin pararse.

